Nuestro viaje en familia al Périgord

Viajar es parte de nuestro currículum homeschooler. Solemos viajar haciendo intercambio de casa (vía Homeexchange.com), porque no podríamos permitirnos viajar tanto si no fuera así, y porque a mí, en particular, me encanta dejar mi casa para que otros la disfruten.

Como somos homeschoolers, antes de emprender un viaje, estudiamos con nuestros hijos la geografía, idioma (si es extranjero), historia y cultura del lugar adonde vamos a viajar. Vemos todos juntos qué vamos a visitar, y elaboramos los planes de viaje juntos. ¡Viajar es una experiencia muy completa para la familia!

Veréis que nos gusta mucho ir en bici, y que no nos gastamos mucho dinero cuando salimos.

Entre el 7 y el 14 de septiembre estuvimos en el Périgord francés, y como a mí me ayudaron mucho los blogs en los que hablaban de sus viajes a la zona, he decidido compartir mi experiencia también.

Nosotros fuimos a una casita cerca de Issigeac, y desde allí hicimos todas nuestras rutas.

Esto es lo que hicimos:

Día 1

Era domingo, y fuimos a comprar al mercado semanal de Issigeac. Nos encantó. Compramos queso, leche, yogur, fruta y pan… y unas napolitanas (chocolatines), que compramos casi cada día que estuvimos allí en la misma panadería, una panadería escondidita detrás de una de las calles en las que se colocan los puestos del mercado. Esas napolitanas eran casi como un brioche con un buen trozo de chocolate dentro.

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El pueblo tiene muchas casitas medievales, una carnicería, varias panaderías, la oficina de correos, una tienda ecológica, una tienda de varias cositas típicas, un bar que parecía un pub inglés, con muchos ingleses en la terraza…

Por la tarde, fuimos a las cuatro y media al castillo de Bridoire. En estas fechas, sólo abrían el fin de semana de 14:00 a 18:00. De haber sabido que lo íbamos a pasar tan bien, hubiéramos ido antes e incluso hubiéramos llevado el picnic. Los juegos medievales eran divertidísimos para todas las edades. Y el castillo… muy bien restaurado, con mobiliario, cuadros, y utensilios en la cocina. A los niños no se les olvidará el cariñoso caballo con la crin trenzada y el conejo gigante (“¿es de verdad? ¡Sí, sí, se ha movido!”) de los establos, además de las crías de conejo que coincidió que había cuando fuimos.

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Luego, aprovechamos a ir al cercano castillo de Montbazillac. Todo un acierto. Estaba atardeciendo, el castillo estaba cerrado pero el jardín de alrededor no, y pudimos disfrutar de un apacible rato contemplando el río Dordoña, Bergerac y todo el valle desde lo alto.

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Día 2:

Beynac

Allí aparcamos, no justo donde salen las gabarras, sino un poco más a lo lejos. Era lunes y había mercado, y de ahí que hubiera más gente.

Subimos a la gabarra de las 11:30, siendo gratuito por la mañana para los niños, y además, con un descuento que incluía el Pass Périgueux, que habíamos solicitado nos enviaran por correo a la oficina de turismo de Sarlat.

Yo recomiendo subir a una gabarra aquí. Aunque es en francés, con algo traducido al inglés (poco) y un folleto en español, es un paseo muy agradable, durante el cual disfrutas de ver Beynac desde el río, además del castillo de Feyrac y Castelnaud a lo lejos.

Luego, subimos las cuestas de Beynac, hasta el castillo. Es un pueblo precioso, con unas vistas muy bonitas del valle de la Dordoña desde arriba.

 

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Por la tarde visitamos Bergerac. Se nos quitó la idea de ir en canoa por el río Dordoña… acotumbrados a los descensos del Sella y del Deva, de aguas cristalinas, con muchas pozas… el río, en esta época, estaba con muy poco caudal, y se veían las algas… nada apetecible darse un chapuzón durante el paseo en canoa. Además, se veía mucha espumilla, de suciedad. Quizás por las gabarras, que el mejor sitio para subirse en una es Beynac o La Roque-Gageac, por la belleza de las vistas.

Bergerac nos gustó. Es una ciudad con su casco antiguo muy buen cuidado, su paseo junto al río, con sus gabarras, una vía verde hacia Lalinde muy bien indicada y cómoda para ir con los niños, y una parte más comercial… además de otra parte menos bonita, a las afueras, pero nada que ver con grandes ciudades.

Día 3:

Tomamos el día para visitar la ciudad de Périgueux. Recorrimos en bici la vía verde desde donde hay un Decathlon en Trélissac hasta Périgueux y un poco más.  La vía verde se terminó pronto, así que comimos en un parque junto al canal (nada atractivo), y dimos la vuelta. Aparcamos las bicis frente a la catedral y dimos un paseo por el casco antiguo. Nos gustó mucho: muy cuidado, con mucho ambiente, sin llegar a ser demasiado turístico. Yo no recomiendo la vía verde: las afueras de Périgueux no son muy bonitas.

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Día 4:

Tomamos el día entero para recorrer la vía verde que sale desde Sarlat hacía la Dordoña, allí hicimos un picnic junto al río, volvimos y visitamos el Sarlat antiguo.

La vía verde… preciosa. Fácil al bajar, y un poco más difícil a la vuelta, que era subida y ya íbamos cansados. Corre entre bosques todo el tiempo. Los niños disfrutaron escalando en una zona que hay casi al principio, donde el agua ha erosionado la pendiente y se han hecho formas muy curiosas. También disfrutaron porque aquí aprendieron a ir en bici sin manos, y se les pasó el rato con eso…

El casco antiguo de Sarlat era bonito, pero no agradable para nuestro gusto: está demasiado explotado para el turismo, y las tiendas tenían sus productos en la calle, con lo cual pierdes esa sensación de pasear entre los bonitos edificios de piedra de un pueblo medieval.

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Afortunadamente, no nos quedamos con mal sabor de boca ese día, porque a la vuelta, decidimos hacer el esfuerzo de parar en La Roque-Gageac. Eran más de las seis de la tarde, no había apenas nadie allí, y pudimos disfrutarla con tranquilidad. ¡Qué lugar tan bello! Nos gustó mucho la parte de los jardines exóticos, donde está la iglesia, y las vistas desde lo alto. Además, coincidió que pasaron unos globos. Maravilloso. 

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Día 5:

Hicimos un viaje de dos horas y media hasta la Bassin d’Arcachon. Dejamos el coche cerca de Lège-Cap Ferret, y fuimos en bici hasta la cercana playa de las Pastorelles, entusiasmados pensando que iba a ser una acogedora playita resguardada de las olas… Llegamos a una playa de barro, con cientos de barcos atracados por todas partes en el agua. A ver quién se baña. Seguimos con las bicis, entusiasmados entonces con llegar al lado oeste de la península, zona de surfistas. Después de recorrer pinares y más pinares, llegamos a uno de los accesos a la playa, que era un cortafuegos cubierto de arena que había que subir, luego bajar, volver a subir y a bajar, volver a subir (de ese momento creo que es la foto de abajo)… y por fin la playa. Una playa en la que sólo hay arena, mucho viento, y olas muy amenazadoras.  Puede ser “salvaje” o “impresionante”, pero agradable, desde luego que no lo es. (¡Y luego volver a subir, bajar, etc. y recorrer más pinares…).

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Después de esta gran prueba física para todos, nos esforzamos por visitar Burdeos

¡Qué acierto! Era jueves, estaba anocheciendo. Nosotros aparcamos en una calle con vía verde cercana al río, y recorrimos el paseo junto al río, acercándonos al casco antiguo mientras pedaleábamos. Los niños tuvieron que remojarse los pies y bailar en los Miroirs d’Eau (eso ya lo sabíamos todos). Y luego, aparcamos las bicis frente a la puerta de Cailhau, iluminada porque ya era de noche… para entrar en un Burdeos bullicioso, las mesas de las terrazas llenas de gente cenando… Paseamos por zonas menos concurridas para llegar hasta la Torre Pey-Berland, y no detectamos malos olores. ¡Qué buena sensación! ¡Qué ciudad tan animada y agradable!

Cenamos un kebab y, agotados y satisfechos, volvimos por el agradable paseo del río en bici, dejando la iluminada Burdeos atrás, cruzándonos con ciclistas y patines veloces, e intentando que no nos estropeara la imagen idílica del lugar la presencia de los cientos de jóvenes haciendo botellón en las zonas ajardinadas junto al río.

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Día 6:

Era viernes, y por la mañana fuimos al mercado cubierto de Bergerac. No nos gustó tanto como el de Issigeac en la calle el domingo, porque sólo había un puesto de cada especialidad, con precios más caros y dependientes menos simpáticos (eran amables, eso sí). Compramos quesos (una media de 25 € el kilo), mantequilla al corte, verduras, ternera (a 22 € el kilo, y no era la más cara) y unas porciones de flan (¡delicioso!). El pan lo había hecho yo en casa. Y aprovecho para recomendar no ir a las tiendas de la cadena La Mie Caline si quieres disfrutar de sabores intensos y la buena bollería francesa.

Por la tarde, mi marido y los niños visitaron la bastida de Montpazier y el castillo de Byron desde fuera (no era posible entrar al jardín, y no queríamos pagar entrada a más castillos). Ambos les gustaron. Las vistas desde el castillo eran menos impresionantes que las del castillo de Montbazillac.

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¡Y esto es lo que hicimos!

Espero que os haya sido de ayuda.

¡Que Dios os bendiga!

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